¿Hace bien Trump en no fiarse de Irán?

La reciente decisión de Donald Trump de no certificar el acuerdo nuclear con Irán implica que el Congreso de los EEUU deberá reconsiderar sus términos y formular recomendaciones en un plazo de sesenta días.

Asimismo, el resto de firmantes, Rusia, China, Reino Unido, Francia, Alemania y la UE, tendrán que reaccionar ante las nuevas exigencias norteamericanas que eventualmente se puedan producir.

 La reapertura de este pacto, que se logró tras años de laboriosa gestación, por parte de Washington es un incómodo problema para sus socios europeos, ha despertado la irritación de Vladimir Putin y de Xi Jinping y la ira desatada de los ayatolás iraníes. Considerado por Barack Obama y por el Servicio de Acción Exterior Europeo, que dirige Federica Mogherini, como un éxito diplomático de dimensiones históricas, el puñetazo en la mesa del imprevisible inquilino de la Casa Blanca ha alterado un clima de idílica satisfacción y ha devuelto bruscamente a la realidad a las partes implicadas.
Esta agresiva maniobra de Trump contra el régimen teocrático de Irán representa una ruptura drástica con la política exterior de su predecesor en el espinoso terreno de las relaciones con los dirigentes jomeinistas.

Tanto Obama como la UE iniciaron una estrategia de aproximación a lo que de manera optimista consideraban la fracción “moderada” de la República Islámica con el fin de dividir al régimen y apaciguar su hostilidad hacia Occidente. Pieza clave de esta operación fue el acuerdo sobre el programa nuclear iraní, ratificado por Naciones Unidas y tutelado por la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA). A partir de la firma del acuerdo en Julio de 2015 y de su entrada en vigor en Enero de 2016, se produjo una aparente distensión entre el régimen iraní y las democracias occidentales, que se tradujo en memorándums de cooperación comercial, visitas de representaciones oficiales a Teherán, viajes del presidente Rohani a Europa, aterrizaje de delegaciones empresariales de alto nivel para explorar posibilidades de negocio y abundancia de sonrisas y parabienes.

Sin embargo, bajo esta superficie tan placentera, las aguas han seguido corriendo de color más bien oscuro. Las violaciones de derechos humanos, las ejecuciones a mansalva, la represión brutal de disidentes y la expansión militar en Siria, Irak y Yemen han continuado inalteradas, mientras Europa y la Administración Obama miraban hacia otro lado sin exigir mejoras en estos campos al amparo del nuevo escenario de diálogo creado por el acuerdo nuclear. Y en cuanto al ámbito estricto del acuerdo, siguen abundando las sombras entre las innegables luces. Es recomendable leer el informe publicado en 2014 por el ISJ International Committee, que sintetiza toda la información existente hasta esa fecha sobre las actividades desarrolladas por Irán a lo largo de las últimas tres décadas para dotarse de armas nucleares.

La AIEA, en sus conclusiones previas a la entrada en vigor del pacto, afirmaba sin ambages que existía evidencia clara de que el régimen iraní había mantenido un programa de carácter militar hasta 2003 destinado a la fabricación de una bomba nuclear, programa que se había prolongado hasta 2009 y que, aunque no se disponía de pruebas de que hubiese ido más allá de ese año, tampoco se podía asegurar tajantemente que hubiese cesado por completo.

Hace apenas dos semanas el ISJ International Committee ha dado a conocer otro estudio en el que examina lo sucedido desde la publicación de su anterior informe hace tres años. Su lectura, abundante en hechos y datos perfectamente contrastados y documentados procedentes de la AIEA o de la red clandestina interna de la oposición democrática, pone de manifiesto que, lejos de ajustarse a los términos de lo acordado, el régimen iraní ha vuelto a sus hábitos de engaño y ocultación. Su negativa a permitir el acceso de los inspectores de la AIEA a determinadas instalaciones militares sospechosas, el traslado de ciertos equipos de unas instalaciones a otras tras borrar huellas de actividades no permitidas, sus pruebas de misiles capaces de transportar ojivas nucleares, los ensayos con explosivos en estructuras esféricas y con iniciadores de neutrones que únicamente se entienden si están destinados a aplicaciones nucleares bélicas, dibujan un cuadro inquietante que ha suscitado la lógica alarma en los servicios de inteligencia y en el Departamento de Defensa norteamericanos.

A partir de estas circunstancias, el presidente Trump ha cortado por lo sano, según su costumbre, y ha anunciado que no certificará el acuerdo este trimestre, abriendo así un período de revisión parlamentaria del mismo. Aunque esta puesta en cuestión del pacto nuclear con Irán a tan poco tiempo de su comienzo perturba seriamente el escenario de risueñas expectativas europeas y de satisfacción de los intereses geoestratégicos rusos y chinos, hay que reconocer que los motivos del paso dado por el primer mandatario estadounidense son sólidos y fundamentados. La República Islámica cuenta con una reconocida trayectoria de disimulo y de mentiras en este tema y su comportamiento denota que no está dispuesta a corregirla. Esperemos que la sacudida que ha dado Trump a todos los participantes en este asunto sirva para disipar las ingenuas ilusiones de unos y desenmascarar las sucias tretas de otros.

 

Fuente: La Gaceta